CARTAS A MI MUJER NUEVE

Estuve en la suite escribiéndote y ya había llegado a la página diez, ahora espero al señor de la toalla y la colchoneta.
Estoy sentado en las escaleras, el sol me da de lleno en la cara. Las otras personas que esperan como yo, están impacientes, un poco por la espera y otro poco porque me ven escribiendo.

Ahora te escribo ya sentado en la reposera a un metro del mar. Hace airecito pero el sol está fuerte.
Te hablo de estas cosas para que se sepa que un hombre como yo, se tira en una reposera, espera por una toalla para secarse a la salida del mar, se deja besar la punta de sus delicados pies de bailarín, por las olas más generosas que llegan a la orilla. Y, a veces, tengo ganas de cagar y cago y me duele la barriga y, a veces, me tengo que cuidar en las comidas y siete veces en mi vida no tuve erección. Una vez por cada deidad de cada día de la semana. Siempre me sentí inferior al universo, en general, y frente a cada planeta en particular.
Recuerdo aquellas encrucijadas de mi infancia donde todo lo grande era lo divino. Por eso fue que de adolescente y, a veces, ahora mismo me pasa; cuando una mujer dice que soy un Dios, yo inmediatamente lo relaciono con el tamaño de mi polla.
Bueno el tamaño que ella, en realidad, otorgaba con su grandeza y quitaba con su crueldad.
Ahora dejo de escribirte y no porque vaya a hacer ninguna revolución o conquistar ninguna amante imposible, te abandono para ponerme crema en la piel, para durar más años. Es decir, me alejo de ti un instante, para tenerte todos los instantes.

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