CARTAS A MI MUJER TREINTA Y DOS

7 DE DICIEMBRE DE 1997, MAR DEL PLATA

En Buenos Aires, me pasa lo mismo que en Madrid, soy un extranjero y encima, parece que eso va con mi personalidad.
Extranjero: Extraño, también a sus cosas.
Ella me ama, me ama y me lo dice con furia contenida.
Yo ya no doy más, vivo todo el día fingiendo: Hago de cuenta que me arrastro y así, consigo que me dejen volar.
Extranjero, extranjero, me gritan por la calle, en el Casino me gritan extranjero, el playero, la mina de la esquina, todos me gritan extranjero. Yo, a veces, me agarro los huevos con las dos manos y otras veces, me pongo a llorar, directamente. Pero nunca digo nada. Algo de razón llevan. Algo de verdad miente en sus labios.
Voy a comer en Buenos Aires y pido un puré de patatas, después voy a Madrid y me peleo con el mozo (que se llama camarero) porque todavía no consiguió el dulce de leche para mis postres.
Soy un extranjero.
A los hombres les hablo de amor.
A las mujeres las mando a trabajar.
Pienso que los poetas deberían psicoanalizarse y que los psicoanalistas se tendrían que dejar atravesar por la poesía.
Y las dos cosas son sumamente graves:
Un poeta enfermo puede llegar a confundir su enfermedad con el mundo y querer transmitir eso, su enfermedad.
Un psicoanalista sin poesía puede empobrecer la vida de todo quien lo ame. Familiares, amigos, colegas, pacientes.
Ayer en la presentación en Mar del Plata me pasó como me pasaba en Madrid al principio. El público estaba formado por tres mujeres que me acompañaban, 4 ó 5 personas interesadas en algo, un loco, dos imbéciles y tres amantes epistolares de El Indio del Jarama.
He triunfado, he triunfado, sólo sobre mí mismo.

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