Cartas a mi mujer cuarenta y cinco

UNA HORA DESPUÉS –II-

-Segunda parte-

Ayer disfruté con mi pequeña suerte y perdí con mis grandes ambiciones de tener una suerte mayor.
Gasté con la fantasía lo que había ganado con mi trabajo.
El resultado, una paridad exasperante.
Me gustaría ser el niño bien de una condesa enamorada. Yo podría vivir sin remordimientos, sin culpa. Alejado de todos, estudiando la inclinación exacta de la caída del mundo occidental, bebiendo naranjas heladas y una voz, una ilusión, un amor, siempre habrá en mis ojos.
Dirán de mí: No se aburría ni consigo mismo. Toda realidad era apasionada. Todo misterio tenía su alegría.

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