Cartas a mi mujer cuarenta y uno

30 DE ENERO DE 1998, MÁLAGA

Segunda parte

Le digo que me duele todo y, ella, plenamente, desnuda comienza a recitar en voz alta poemas de Vicente Aleixandre.
Me conmuevo, mientras me con-muevo no me duele nada. La miro de reojo por el espejo. Ella recita en voz alta… “Un paisaje de corzas suspendido” y detiene su respiración varios minutos hasta que yo la vuelvo a mirar de reojo por el espejo.
Ella lee cosas terribles, la misma muerte habla en voz alta por su voz. Aleixandre crece a medida que su voz se levanta más allá de los sonidos del mar.
Ella termina de leer y suspira, levemente, agitada. Se aclara la voz, pero siente latir en su propio sexo la carne alada del poema. Suspira y calla y lee en voz alta: “Así la muerte es flotar sobre un recuerdo. No vida…”
Déjame aquí, le dije, yo bajo en esta esquina.
Hoy basta de volar.
Volar eternamente es tan aburrido como no volar eternamente.
Las molestias han desaparecido, pero mantengo la sensación de no poder moverme. Ella lee en voz alta, tercamente, “no se evaden las almas…” y calla y suspira y yo me acuerdo haber bailado el tango con alegría, con mucho sentimiento, con todo el mundo metido en la muñeca.

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