Cartas a mi mujer treinta y seis

28 DE ENERO DE 1998, MÁLAGA

-segunda parte-

Tengo, francamente calor, esto es extraordinario. Estoy descalzo, en bañador y la parte superior de un pijama de tela invernal.
No tengo ninguna dimensión de mi grandeza como tampoco tengo ninguna dimensión de mi pequeñez. Y así voy por la vida, sin saber cuántos escalones subí y, tampoco, a qué abismos bajé.
El verdadero drama de mi vida es que nunca me pude dedicar plenamente, a la escritura, porque siempre tuve que mantener a alguien. Proveniente de capas populares de la población tuve siempre que trabajar el doble para conseguir la mitad.
Ahora, por fin, me doy cuenta que me hace bien vivir como escritor.
Follar y jugar se empequeñecen frente al mar, sin embargo, me conmovió sentir que podría festejar mi cumpleaños número 100 corriéndome en el mar alegremente, rodeado de mujeres extranjeras.
Cuando se nubla en el mar todo es peligroso. Pienso en esos grandes maremotos del alma que pueden ahogar el amor para siempre.
Darme cuenta que necesito el sol para vivir cambiará mi vida.
Desde hace unos días no me resulta difícil pensar ir en busca del sol. Algo así como una primavera permanente.
Si lo puedo hacer enseñaré a todo el mundo las virtudes del mar, del sol, de la escritura.

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