Cartas a mi mujer cincuenta y cuatro

LUNES 27 DE JULIO DE 1998
ARGANDA DEL REY

-Tercera parte-

Mientras pequeñas hormigas ponen en cuestión la existencia de un rosal antiguo, dibujo entre las hojas del magnolio, los perfiles posibles de una vida a pleno sol. El cedro del Líbano, el ligustro japonés y las rosas chinas me traen recuerdos orientales, esa muchacha judía, en los bosques de Palermo, con aquellas tetas sobresalientes. Recuerdo haber besado esas tetas con la devoción de un niño hambriento.
Luego venía el atardecer y yo le recitaba mis versos y ella sentía, como en una especie de delirio de amor, que mis versos eran la tierra prometida y entreabría sus labios y entreabría sus piernas y se dejaba llevar por el olor de tierra cultivada y mi padre nos recordaba haber plantado el primer olivo en el sur de España y nos dejaba con la boca abierta llena de aceitunas negras bañadas por el amor.
Es por eso que desde esta mañana apacible en mi pequeño jardín, en un pequeño pueblo del Este de Madrid, recuerdo grandes olas oceánicas, arrebatadas mejillas, por el ardor del sol, muñecos de porcelana haciendo el amor hasta hacerse pedazos, y grandes porrones de barro, con agua fresca, para calmar la sed de los muertos queridos, para que se tranquilicen y puedan esperarnos sin ansiedad, sin prontitud. A la larga, todos estaremos muertos, pero no está en nuestro sencillo oficio de vividores natos (jugadores de todo, amantes de todo, locos por todo lo imposible) adelantar la muerte.
Así, que vengan los porrones llenos de agua fresca, para tranquilidad de nuestros muertos queridos, que han de saber que todos moriremos algún día, en su justo momento, como todos, pero nosotros, vividores de todo lo vivible, nos arrastraremos hasta el último momento, pidiendo un día más, un polvo más, un poema más aunque sea el último, algún amor y a la noche, en plena madrugada, para sellar mi pacto con la vida, el 35 coronando una de las tres últimas bolas de la noche.

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