Cartas a mi mujer cincuenta y dos

LUNES 27 DE JULIO DE 1998
ARGANDA DEL REY

El aire y el sol, el mar absoluto y el 35 como última bola de la noche han minado definitivamente mi corazón.
Eso de meterme en el mar y arrancarle a las olas esos sonidos abiertos, esos pensamientos abiertos, esas piernas abiertas de mi amada. Nunca tan abiertas como cuando las olas golpean, en tropel, su pequeño corazón enamorado de toda nuestra juventud, eso de meterme en el mar como un animalito ya lo había hecho, ya tenía una práctica en ello, pero que el Estado, el departamento de Hacienda, rubro Casinos, decidiera pagar mis escapadas al mar, eso nunca me había pasado.
¡Se dan cuenta! darle a un jugador, empedernido y empecinado, que juega toda la noche al 35, el 35 como última bola, se dan cuenta ¡qué locura! ¡qué bravura! ¡qué macho!
Aire, sol, el absoluto mar y el 35 como última bola, han hecho de mí el genio del mar.
Es por todo eso que esta mañana relajada de lunes, sentado en medio de mi pequeño jardín en un pequeño pueblo, Arganda del Rey, debajo de mi pequeño cedro del Líbano, que recuerda a mi padre de origen libanés, escribo estas líneas para agradecer al Estado Español y a todos los periodistas, también, a los de Babelia, que hayan pensado tanto en mí como para que el 35 fuera la última bola de la noche.
Si me lo hubieran contado no lo hubiera creído. Pero el haberlo vivido me da ciertas garantías que cosas así pueden ocurrirme, también a mí. Es decir, que la poesía puede, aunque nadie lo quiera, tener su suerte.
Después, hablando con don Artemidoro, él me dijo que en todos los casinos del mundo el 35 corona alguna de las tres últimas bolas de la noche, pero yo no lo sabía, es decir, que puede haber sido hasta una iluminación, algo fuera de lo común, algo que le ocurre a cierto tipo de seres.
En lo del 35, insistía don Artemidoro, todos los Casinos del mundo y todos los trabajadores se han puesto de acuerdo.
Don Artemidoro, nunca daba una información sin material clínico, es decir, una información sin la historia de la información, era necedad en su pensamiento.
En el verano del 68, prosiguió don Artemidoro, junto con Marlem, visitamos 135 Casinos, esparcidos, podemos decir, por todo el mundo. Y lo del 35 no fallaba nunca, o Marlem o yo, o los dos a la vez, acertábamos el 35. Tal fue así que en el verano siguiente, y ya termino la reflexión, comíamos, hacíamos el amor y dormíamos y llegábamos al Casino a las 4 y media de la mañana, ganábamos y perdíamos como cualquiera pero en las tres últimas bolas, el 35 hacía que nuestras vidas fueran cada vez más cómodas, más lujosas, hasta llegamos a beber té de rosas escandinabas.
Dejamos de jugar porque ya no perdíamos y eso nos inquietó hasta tal punto que dejamos de jugar y yo me hice escritor y Marlem, creo que después fundó un asilo para poetas ricos, porque no pudo bajar el nivel de vida y ella sola no podía controlar todas las mesas para saber en cuál saldría el 35.

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